Durante unos días puse algunos de los que me inventé, han sido muchos los que no he escrito PORQUE EN CUANTO LOS CUENTO ME OLVIDO, si no pongo un poco de atención. Y claro, cuando los cuentas en la cola del súper, en el coche cuando te estás durmiendo, por la calle, etc, mucha atención no pongo.
Pero este es diferente. Este lo ha contado Irene, ayer, en el coche. De hecho nos contó cuatro, pero solo recuerdo este y ligeramente el segundo (denominado "la cucaracha solitaria", si es que le gustan los animales, qué le voy a hacer).
Todo empezó por una paloma que vivía con unas gallinas en un gallinero. Todos ponían huevos, y algunos de esos huevos los empollaban para tener chiquitines. Las gallinas querían a la paloma y las palomas querían a la gallina.
Pero un buen día llegó un niño e intentó quitar los huevos a la paloma, y todas las gallinas se fueron contra él y le picaron la mano. Tanto, que al niño hubo que llevarle al hospital.
El médico que le atendió le preguntó qué le había pasado, y el niño confesó que había intentado quitarle los huevos a una paloma, y al dar más detalles el médico se dio cuenta de que se trataba de su paloma y de sus gallinas, y se enfadó mucho con el niño. No se quitan los huevos a los animales, sobre todo los que están empollando.
Así que el médico se fue a su casa, cogio a todas las gallinas y a la paloma, metió todos los huevos en una bolsa, y se fue a otra casa más lejos. Allí, los animales vivieron felices porque no había ningún niño que quisiera hacerles daño. Y los huevos no se mezclaron, y a los pocos días las gallinas tuvieron pollitos y la paloma tuvo palomitas. Y jugaron todos juntos.
Si os ha gustado, decid ¡¡¡BIEN!!!
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
domingo, 13 de junio de 2010
martes, 28 de octubre de 2008
Chulicero y Lametón
Este segundo cuento siguió al anterior, después del baño y mientras la secaba y vestía. Hoy la chica estaba sembrada.
-----------------------------------------------------------------
Esta es la historia de un gato y un caracol.
Un gato tan grande que hasta los perros salían huyendo cuando le veían, con esas garras tan enormes.
Y un caracol de carreras, osado y veloz, ¡el más rápido del mundo entero!
Al gato se le conocían por Chulicero, un nombre larguísimo y feo para un gato tremendo.
El caracol no tenía nombre, pero sus seguidores en las carreras le llamaban Lametón, por el rastro baboso que dejaba en la tierra a su vertiginoso paso.
Como os podréis suponer, Chulicero estaba triste. Todo el mundo se asustaba al verle, incluso los que le conocían, y eso que era un gato con buen corazón. Al principio se enfadaba mucho, pero eso acrecentaba su fama, así que según pasó el tiempo Chulicero caminaba más encorvado, con los hombros hundidos y la mirada gacha, y con el ánimo en los pies.
Un día que paseaba por un camino tranquilo que bordeaba un río, se cruzó con un caracol. El caracol iba despacio, despacio, como todos los caracoles. Tenía la concha de vivos colores, y eso fue lo que atrajo su atención. Levantó la pata e intentó rozarlo suavemente (sin garras, desde luego) pero de repente el caracol hizo un quiebro y se apartó de su mano. De hecho, el caracol se le encaró y con cara de pocos amigos le espetó: "¿Qué te piensas que estás haciendo?"
Chulicero se quedó de piedra. ¡Un caracol que corría y que encima le plantaba cara! ¡Algo jamás visto!
"¿Pero es que no sabes con quién estás tratando?". continuó el caracol. "Soy el caracol más rápido del mundo, ¡ni te atrevas a tocarme con tus sucias pezuñas!". Chulicero no pudo evitarlo, después de la sorpresa inicial le sentó fatal que el caracol se enfadara con él, y se le escapó una lágrima que le resbaló hasta el hocico.
Lametón, el caracol, al ver a un gato tan grandote llorando, se ablandó al instante: "Hombre, no es para tanto, entiendo que tus patas están sucias porque las usas para andar por este camino". En el fondo, Lametón era un buen tipo, aunque tuviese malas pulgas. Y no soportaba que nadie llorase.
A Chulicero cada vez le caían más lagrimones. Así que Lametón, ni corto ni perezoso, se subió por su pata. A Chulicero le hacía cosquillas, pero como estaba tan triste, ni siquiera le hizo gracia. Lametón siguió subiendo por la tripa, llegó hasta el cuello, subió hasta la oreja y le dio un sonoro beso en la cabeza.
Esto sí que consiguió que Chulicereo dejara de llorar, por lo sorprendente de que un caracol hubiera conseguido subir tan rápido hasta sus orejas, y porque le hubiera dado ¡un beso! Con mucho cuidado, Chulicero cogió a Lametón en una de sus patas y se lo puso delante para poder verlo bien.
- Siento haberte asustado al intentar darte con la pata- dijo Chulicero - no pretendía hacerte daño.
- Y yo siento haber sido tan grosero, y haberte hecho llorar.
- No ha sido culpa tuya,- respondió Chulicero - simplemente has sido la gota que colmó el vaso. Estoy triste, nadie quiere estar conmigo, a todos les asusto, y me siento muy solo.
- Pues eso tiene fácil arreglo. A mi no me asustas, y se me ocurre algo que podríamos hacer juntos. ¿Qué te parece si echamos una carrera?
Chulicero pensó que sería pan comido, y aceptó el reto. Pero ¿que creéis que pasó? Que Lametón le ganó, por poco, es verdad, pero ganó. A Chulicero le hizo mucha gracia, y le pidió la rebancha. Y esta vez ganó Chulicero, pero porque se esforzó muchísimo y llegó casi sin aliento.
Entre risas y jadeos, Chulicero y Lametón se sentaron junto a un arbol a descansar. Y desde ese día son amigos, y Chulicero ya no está triste. Porque sabe que igual que ha encontrado a este amigo encontrará a muchos.
Y Lametón también está contento. Aunque un poco frustrado. Sigue siendo el caracol más rápido del mundo... ¡pero ahora tiene que correr más rápido que Chulicero!
Y colorín colorado!
-----------------------------------------------------------------
Esta es la historia de un gato y un caracol.
Un gato tan grande que hasta los perros salían huyendo cuando le veían, con esas garras tan enormes.
Y un caracol de carreras, osado y veloz, ¡el más rápido del mundo entero!
Al gato se le conocían por Chulicero, un nombre larguísimo y feo para un gato tremendo.
El caracol no tenía nombre, pero sus seguidores en las carreras le llamaban Lametón, por el rastro baboso que dejaba en la tierra a su vertiginoso paso.
Como os podréis suponer, Chulicero estaba triste. Todo el mundo se asustaba al verle, incluso los que le conocían, y eso que era un gato con buen corazón. Al principio se enfadaba mucho, pero eso acrecentaba su fama, así que según pasó el tiempo Chulicero caminaba más encorvado, con los hombros hundidos y la mirada gacha, y con el ánimo en los pies.
Un día que paseaba por un camino tranquilo que bordeaba un río, se cruzó con un caracol. El caracol iba despacio, despacio, como todos los caracoles. Tenía la concha de vivos colores, y eso fue lo que atrajo su atención. Levantó la pata e intentó rozarlo suavemente (sin garras, desde luego) pero de repente el caracol hizo un quiebro y se apartó de su mano. De hecho, el caracol se le encaró y con cara de pocos amigos le espetó: "¿Qué te piensas que estás haciendo?"
Chulicero se quedó de piedra. ¡Un caracol que corría y que encima le plantaba cara! ¡Algo jamás visto!
"¿Pero es que no sabes con quién estás tratando?". continuó el caracol. "Soy el caracol más rápido del mundo, ¡ni te atrevas a tocarme con tus sucias pezuñas!". Chulicero no pudo evitarlo, después de la sorpresa inicial le sentó fatal que el caracol se enfadara con él, y se le escapó una lágrima que le resbaló hasta el hocico.
Lametón, el caracol, al ver a un gato tan grandote llorando, se ablandó al instante: "Hombre, no es para tanto, entiendo que tus patas están sucias porque las usas para andar por este camino". En el fondo, Lametón era un buen tipo, aunque tuviese malas pulgas. Y no soportaba que nadie llorase.
A Chulicero cada vez le caían más lagrimones. Así que Lametón, ni corto ni perezoso, se subió por su pata. A Chulicero le hacía cosquillas, pero como estaba tan triste, ni siquiera le hizo gracia. Lametón siguió subiendo por la tripa, llegó hasta el cuello, subió hasta la oreja y le dio un sonoro beso en la cabeza.
Esto sí que consiguió que Chulicereo dejara de llorar, por lo sorprendente de que un caracol hubiera conseguido subir tan rápido hasta sus orejas, y porque le hubiera dado ¡un beso! Con mucho cuidado, Chulicero cogió a Lametón en una de sus patas y se lo puso delante para poder verlo bien.
- Siento haberte asustado al intentar darte con la pata- dijo Chulicero - no pretendía hacerte daño.
- Y yo siento haber sido tan grosero, y haberte hecho llorar.
- No ha sido culpa tuya,- respondió Chulicero - simplemente has sido la gota que colmó el vaso. Estoy triste, nadie quiere estar conmigo, a todos les asusto, y me siento muy solo.
- Pues eso tiene fácil arreglo. A mi no me asustas, y se me ocurre algo que podríamos hacer juntos. ¿Qué te parece si echamos una carrera?
Chulicero pensó que sería pan comido, y aceptó el reto. Pero ¿que creéis que pasó? Que Lametón le ganó, por poco, es verdad, pero ganó. A Chulicero le hizo mucha gracia, y le pidió la rebancha. Y esta vez ganó Chulicero, pero porque se esforzó muchísimo y llegó casi sin aliento.
Entre risas y jadeos, Chulicero y Lametón se sentaron junto a un arbol a descansar. Y desde ese día son amigos, y Chulicero ya no está triste. Porque sabe que igual que ha encontrado a este amigo encontrará a muchos.
Y Lametón también está contento. Aunque un poco frustrado. Sigue siendo el caracol más rápido del mundo... ¡pero ahora tiene que correr más rápido que Chulicero!
Y colorín colorado!
Renitín y Micifú
En este caso, tanto los nombres de los personajes como sus identidades zoológicas fueron idea de Irene. Se la trae con los nombres, en este caso no tanto, pero en el siguiente ya veréis, ya.
Este cuento surgió hoy durante el baño. Enjoy!
------------------------------------------------
Había una vez un ratoncito pequeño, pequeño, lindo y gentil que se llamaba Ranitín. Tenía todo lo que un ratoncillo podría querer: una mamá cariñosa, una madriguera confortable y cálida... pero no era feliz. Porque, como era tan pequeño, hasta los gatos se reían de él. Renitín, harto de las mofas de sus congéneres y de sus cazadores, decidió irse a vivir solo en un sitio apartado y tranquilo.
Cierto día, mientras jugaba con sus palas y cubo, vio a lo lejos un gato pequeñajo, algo escuálido, y desgarbado, que paseaba con la cabeza gacha por los alrededores de su madriguera. Intentó esconderse, pero el gato le vió por el rabillo del ojo y se acercó al trote.
Este gato, algo cochambroso, se llamaba Micifú. Era tan bueno y generoso como feucho y despeinado, y los gatos de su manada le hacían burla porque no era capaz ni de cazar caracoles. Lo que más le gustaba a Micifú era hacer nuevos amigos, algo que no ocurría amenudo porque ya se sabe que los gatos son "muy suyos" y el aspecto desaliñado de Micifú no les agradaba.
Al final, Renitín no consiguió esconderse en su madriguera antes de que llegase el gato.
-Hola, ratoncito, me llamo Micifú, dijo con una gran sonrisa.
Renitín, con cierto recelo, le respondió.
- Hola... Yo me me llamo Renitín.
- ¿Qué haces tan solo en este parque? Por aquí no suelen venir muchos ratones.
- Por eso me gusta. Tampoco lo frecuentan muchos los gatos...
- Bueno, esa es la razón por la que he venido por aquí. Digamos que no me llevo muy bien con mis congéneres, dijo Micifú con amargura.
- ¡Qué me vas a contar!, -respondió Renitín. "De mi se ríen todos, ratones, gatos y perros. Como soy tan pequeñajo, no valgo ni para que me den un bocado. Así que como estoy harto de que se burlen de mi, me he venido a vivir aquí solo. Al menos no tengo que aguantar tonterías", añadió Renitín, cabizbajo y tristón.
- No te preocupes, Renitín, a mi ni me pareces pequeñajo ni insignificante,- dijo Micifú - pero no tengas miedo, no quiero comerte. No podría comer ni a una hormiga. Me daría mucha pena. Pero sí me gustaría ser tu amigo, si quieres...
Renitín se quedó mirando al gatucho, y poco a poco una gran sonrisa de bigote a bigote le iluminó la cara. En el fondo se sentía muy solo, y tener un amigo que le visitara de vez en cuando le apetecía mucho.
Así se lo dijo a Micifú, y desde ese día, todas las tardes, los dos juegan juntos con el cubo y las palas, hacen castillos y animales, y de vez en cuando van a ver a la mamá de Renitín, que les hace chocolate y galletas.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Este cuento surgió hoy durante el baño. Enjoy!
------------------------------------------------
Había una vez un ratoncito pequeño, pequeño, lindo y gentil que se llamaba Ranitín. Tenía todo lo que un ratoncillo podría querer: una mamá cariñosa, una madriguera confortable y cálida... pero no era feliz. Porque, como era tan pequeño, hasta los gatos se reían de él. Renitín, harto de las mofas de sus congéneres y de sus cazadores, decidió irse a vivir solo en un sitio apartado y tranquilo.
Cierto día, mientras jugaba con sus palas y cubo, vio a lo lejos un gato pequeñajo, algo escuálido, y desgarbado, que paseaba con la cabeza gacha por los alrededores de su madriguera. Intentó esconderse, pero el gato le vió por el rabillo del ojo y se acercó al trote.
Este gato, algo cochambroso, se llamaba Micifú. Era tan bueno y generoso como feucho y despeinado, y los gatos de su manada le hacían burla porque no era capaz ni de cazar caracoles. Lo que más le gustaba a Micifú era hacer nuevos amigos, algo que no ocurría amenudo porque ya se sabe que los gatos son "muy suyos" y el aspecto desaliñado de Micifú no les agradaba.
Al final, Renitín no consiguió esconderse en su madriguera antes de que llegase el gato.
-Hola, ratoncito, me llamo Micifú, dijo con una gran sonrisa.
Renitín, con cierto recelo, le respondió.
- Hola... Yo me me llamo Renitín.
- ¿Qué haces tan solo en este parque? Por aquí no suelen venir muchos ratones.
- Por eso me gusta. Tampoco lo frecuentan muchos los gatos...
- Bueno, esa es la razón por la que he venido por aquí. Digamos que no me llevo muy bien con mis congéneres, dijo Micifú con amargura.
- ¡Qué me vas a contar!, -respondió Renitín. "De mi se ríen todos, ratones, gatos y perros. Como soy tan pequeñajo, no valgo ni para que me den un bocado. Así que como estoy harto de que se burlen de mi, me he venido a vivir aquí solo. Al menos no tengo que aguantar tonterías", añadió Renitín, cabizbajo y tristón.
- No te preocupes, Renitín, a mi ni me pareces pequeñajo ni insignificante,- dijo Micifú - pero no tengas miedo, no quiero comerte. No podría comer ni a una hormiga. Me daría mucha pena. Pero sí me gustaría ser tu amigo, si quieres...
Renitín se quedó mirando al gatucho, y poco a poco una gran sonrisa de bigote a bigote le iluminó la cara. En el fondo se sentía muy solo, y tener un amigo que le visitara de vez en cuando le apetecía mucho.
Así se lo dijo a Micifú, y desde ese día, todas las tardes, los dos juegan juntos con el cubo y las palas, hacen castillos y animales, y de vez en cuando van a ver a la mamá de Renitín, que les hace chocolate y galletas.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Patita de Ratón
¿Qué haces cuando tu hija te dice que quiere que le cuentes un cuento sobre una "patita de ratón"? Son las 16:45, llevas ya 5 horas de viaje y te estás quedando dormida en el asiento del copiloto... así que improvisas como puedes :-)
Érase una vez una patita, pequeña y gris, a quien el resto de patitos, todos amarillos y blancos, consideraban más bien fea.
La patita era huérfana y vivía con un ratón anciano y muy sabio, quien la había acogido al perder a su mamá. Por eso todo el mundo la conocía por el nombre de Patita de Ratón.
Patita de Ratón era muy lista. Pronto se dió cuenta de que los otros patos no querían jugar con ella porque el color de sus plumas era diferente. Aunque se puso algo triste, se dijo: "igual que hay muchos patos blancos o amarillos, tiene que haber muchos patos grises como yo, así que los buscaré".
Todos los días, después de ir al colegio, daba largos paseos por el bosque, e iba preguntando a todos los animales con los que se encontraba si habían visto alguna vez un pato gris.
- Buenas tardes, señora perdiz. ¿Ha visto Ud. por casualidad alguna vez un pato gris?
- Lo siento, jovencita, pero me temo que no. Solo he visto patos blancos y sus polluelos, que suelen ser amarillos.
- Muchas gracias, no se preocupe.
- Buenas tardes, señor zorro. Por casualidad, ¿no sabrá Ud. de ningún pato gris en este bosque?
- Creo que nunca me he cruzado con ninguno, pequeña.
- Está bien, seguiré buscando, ¡gracias!
Pasaron muchos días, pero Patita de Ratón no cesó en su empeño. Un buen día de primavera que hacía mucho sol, el profesor Etelvino les dejó salir pronto para que disfrutaran de las flores y del calor. Patita de Ratón aprovechó para dar un paseo más largo de lo normal, y llegó hasta un claro del bosque por el que serpenteaba un arroyuelo. Bebiendo agua en la orilla había una preciosa tortuga con un lazo verde en la cabeza.
Patita de Ratón se acercó a ella y le preguntó, como acostumbraba:
- Señora tortuga, discúlpeme por interrumpirla. ¿Ha visto Ud. o conoce algún pato gris, como yo?
- ¡Hola! ¿Un pato gris? Desde luego que conozco uno, vive al lado de mi casa.
- ¡Oh! ¡Qué gran noticia! ¿Podría indicarme Ud. cómo llegar hasta allí?
- Tengo que llevar a casa estas hojas para la cena, así que te llevaré hasta allí, si te parece bien.
Patita de Ratón estuvo de acuerdo, y acompañó a la tortuga hasta su casa. Por el camino se presentaron y comentaron la razón por la que Patita de Ratón estaba buscando patos grises. Al llegar, la tortuga llamó a la puerta de la casa del pato gris, pero nadie abrió la puerta.
- Parece que no hay nadie en casa. Por la hora que es, no creo que tarde mucho en volver de donde quiera que esté. ¿Querrías pasar a mi casa y tomar un refresco?
Patita de Ratón, ilusionada con el encuentro, aceptó la invitación de la tortuga, y juntas tomaron un refrescante té. Después de un rato, oyeron cómo la puerta se abría de golpe y una voz que decía:
- ¡Hola tortuga! Qué cansado vengo hoy, chica, me podrías invitar a cenar...
El patito gris se quedó con la palabra en la boca en cuanto entró en la sala y vió que la tortuga tenía compañía. ¡Y qué compañía! ¡Una patita gris! La patita más linda que hubiera visto nunca en tooooodo el bosque.
Mientras, a Patita de Ratón le daba un vuelco el corazón. El pato que tenía delante era gris, sí, pero estaba sucio y desaliñado, manchado de barro y hierbas.
El pato se disculpó y murmurando "tengo que irme" salió como una exalación. Patita de Ratón no sabía que hacer, si quedarse por cortesía o irse corriendo a su casa a llorar.
La señora tortuga intentó disculpar la mala educación de su vecino, contándole a Patita de Ratón que el pato trabajaba en el río, ayudando a un castor a hacer su casa con trozos de madera, lodo y paja. Insistió en que Patita de Ratón tomase otra taza de té, y sacó unas pastas.
Después de un rato, volvieron a oir cómo la puerta se abría y cerraba, esta vez sin portazos. El pato que apareció en el quicio de la puerta parecía otro: limpio, oliendo a jabón, con todas las plumas tan bien peinadas que relucían, una gran sonrisa en el pico y una preciosa margarita en la mano. Se acercó a Patita de Ratón y le ofreció la flor.
Las posibles dudas que hubiera podido tener Patita de Ratón desaparecieron en un instante. Se levantó de la silla y se presentó.
- Buenas tardes, me llamo Patita de Ratón. ¿Cómo te llamas tú?
- Todo el mundo me llama Pato Gris. ¿Cómo es que estás aquí? Nunca había visto a otro pato del mismo color que yo en el bosque.
- Eso mismo me ha pasado a mi. Pero he estado buscando y buscando, y al fin te he encontrado, gracias a la señora tortuga.
- ¡Cómo me alegro! Mmmm... Y ahora que nos hemos encontrado, ¿querrás que nos veamos otra vez?
- ¡Desde luego!, respondió Patita de Ratón.
Los tres amigos merendaron juntos esa tarde, y muchas tardes después de esa. Cuando Patita de Ratón salía del colegio, si no tenía tareas que hacer, Pato Gris la iba a buscar y daban largos paseos, jugaban en el parque, cantaban canciones sentados en la valla del jardín y se hicieron muy, pero que muy amigos.
Y colorín-colorado, este cuento se ha acabado.
Érase una vez una patita, pequeña y gris, a quien el resto de patitos, todos amarillos y blancos, consideraban más bien fea.
La patita era huérfana y vivía con un ratón anciano y muy sabio, quien la había acogido al perder a su mamá. Por eso todo el mundo la conocía por el nombre de Patita de Ratón.
Patita de Ratón era muy lista. Pronto se dió cuenta de que los otros patos no querían jugar con ella porque el color de sus plumas era diferente. Aunque se puso algo triste, se dijo: "igual que hay muchos patos blancos o amarillos, tiene que haber muchos patos grises como yo, así que los buscaré".
Todos los días, después de ir al colegio, daba largos paseos por el bosque, e iba preguntando a todos los animales con los que se encontraba si habían visto alguna vez un pato gris.
- Buenas tardes, señora perdiz. ¿Ha visto Ud. por casualidad alguna vez un pato gris?
- Lo siento, jovencita, pero me temo que no. Solo he visto patos blancos y sus polluelos, que suelen ser amarillos.
- Muchas gracias, no se preocupe.
- Buenas tardes, señor zorro. Por casualidad, ¿no sabrá Ud. de ningún pato gris en este bosque?
- Creo que nunca me he cruzado con ninguno, pequeña.
- Está bien, seguiré buscando, ¡gracias!
Pasaron muchos días, pero Patita de Ratón no cesó en su empeño. Un buen día de primavera que hacía mucho sol, el profesor Etelvino les dejó salir pronto para que disfrutaran de las flores y del calor. Patita de Ratón aprovechó para dar un paseo más largo de lo normal, y llegó hasta un claro del bosque por el que serpenteaba un arroyuelo. Bebiendo agua en la orilla había una preciosa tortuga con un lazo verde en la cabeza.
Patita de Ratón se acercó a ella y le preguntó, como acostumbraba:
- Señora tortuga, discúlpeme por interrumpirla. ¿Ha visto Ud. o conoce algún pato gris, como yo?
- ¡Hola! ¿Un pato gris? Desde luego que conozco uno, vive al lado de mi casa.
- ¡Oh! ¡Qué gran noticia! ¿Podría indicarme Ud. cómo llegar hasta allí?
- Tengo que llevar a casa estas hojas para la cena, así que te llevaré hasta allí, si te parece bien.
Patita de Ratón estuvo de acuerdo, y acompañó a la tortuga hasta su casa. Por el camino se presentaron y comentaron la razón por la que Patita de Ratón estaba buscando patos grises. Al llegar, la tortuga llamó a la puerta de la casa del pato gris, pero nadie abrió la puerta.
- Parece que no hay nadie en casa. Por la hora que es, no creo que tarde mucho en volver de donde quiera que esté. ¿Querrías pasar a mi casa y tomar un refresco?
Patita de Ratón, ilusionada con el encuentro, aceptó la invitación de la tortuga, y juntas tomaron un refrescante té. Después de un rato, oyeron cómo la puerta se abría de golpe y una voz que decía:
- ¡Hola tortuga! Qué cansado vengo hoy, chica, me podrías invitar a cenar...
El patito gris se quedó con la palabra en la boca en cuanto entró en la sala y vió que la tortuga tenía compañía. ¡Y qué compañía! ¡Una patita gris! La patita más linda que hubiera visto nunca en tooooodo el bosque.
Mientras, a Patita de Ratón le daba un vuelco el corazón. El pato que tenía delante era gris, sí, pero estaba sucio y desaliñado, manchado de barro y hierbas.
El pato se disculpó y murmurando "tengo que irme" salió como una exalación. Patita de Ratón no sabía que hacer, si quedarse por cortesía o irse corriendo a su casa a llorar.
La señora tortuga intentó disculpar la mala educación de su vecino, contándole a Patita de Ratón que el pato trabajaba en el río, ayudando a un castor a hacer su casa con trozos de madera, lodo y paja. Insistió en que Patita de Ratón tomase otra taza de té, y sacó unas pastas.
Después de un rato, volvieron a oir cómo la puerta se abría y cerraba, esta vez sin portazos. El pato que apareció en el quicio de la puerta parecía otro: limpio, oliendo a jabón, con todas las plumas tan bien peinadas que relucían, una gran sonrisa en el pico y una preciosa margarita en la mano. Se acercó a Patita de Ratón y le ofreció la flor.
Las posibles dudas que hubiera podido tener Patita de Ratón desaparecieron en un instante. Se levantó de la silla y se presentó.
- Buenas tardes, me llamo Patita de Ratón. ¿Cómo te llamas tú?
- Todo el mundo me llama Pato Gris. ¿Cómo es que estás aquí? Nunca había visto a otro pato del mismo color que yo en el bosque.
- Eso mismo me ha pasado a mi. Pero he estado buscando y buscando, y al fin te he encontrado, gracias a la señora tortuga.
- ¡Cómo me alegro! Mmmm... Y ahora que nos hemos encontrado, ¿querrás que nos veamos otra vez?
- ¡Desde luego!, respondió Patita de Ratón.
Los tres amigos merendaron juntos esa tarde, y muchas tardes después de esa. Cuando Patita de Ratón salía del colegio, si no tenía tareas que hacer, Pato Gris la iba a buscar y daban largos paseos, jugaban en el parque, cantaban canciones sentados en la valla del jardín y se hicieron muy, pero que muy amigos.
Y colorín-colorado, este cuento se ha acabado.
Cosas de ser madre
Entre muchas de las cosas que trae consigo la maternidad, está la de tener inventiva. No solo para salir del paso en situaciones difíciles, que también, sino para satisfacer la insaciable curiosidad de los pequeñuelos. Y su inagotable capacidad de absorber información. Y de ocupar tu tiempo.
No me voy a explayar mucho. En mi caso, ya ha llegado el momento de los cuentos antes de irse a dormir. Hace unos meses, Irene quería le leyera algún cuento de algún libro. Pero ahora no. Ahora pide cuentos. A veces de los que ya le he leído alguna decena de veces. Pero otras veces, pide cuentos especiales, para los que ella elige el protagonista.
Así que este es el primero de una serie de posts en los que contaré las historias que me invento sobre la marcha a eso de las nueve y media de la noche, día sí día no. Algunos no tienen ni por donde cogerlos. Pero otros le gustan, y te los pide al día siguiente, o cuando vamos en el coche, o cuando estamos en el baño.
En fin, si os gustan me alegraré. Ah, y si alguien que sepa dibujar se ofrece a ilustrar alguno, podemos hacer un librito que guardar para la posteridad :-)
No me voy a explayar mucho. En mi caso, ya ha llegado el momento de los cuentos antes de irse a dormir. Hace unos meses, Irene quería le leyera algún cuento de algún libro. Pero ahora no. Ahora pide cuentos. A veces de los que ya le he leído alguna decena de veces. Pero otras veces, pide cuentos especiales, para los que ella elige el protagonista.
Así que este es el primero de una serie de posts en los que contaré las historias que me invento sobre la marcha a eso de las nueve y media de la noche, día sí día no. Algunos no tienen ni por donde cogerlos. Pero otros le gustan, y te los pide al día siguiente, o cuando vamos en el coche, o cuando estamos en el baño.
En fin, si os gustan me alegraré. Ah, y si alguien que sepa dibujar se ofrece a ilustrar alguno, podemos hacer un librito que guardar para la posteridad :-)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)